El barco tortuga (2): la forja de la leyenda

Es hora de ver el barco tortuga en acción, pero para una mejor comprensión antes debemos explicar a qué clase de embarcaciones se enfrentó y a cuáles tuvo como aliadas, así como la manera en la que esta nave se usaba.

El barco tortuga en su contexto naval

Durante la Guerra Imjin hay fundamentalmente dos tipos de embarcaciones militares moviéndose por el mar del Japón, ambas hijas de la evolución histórica de sus constructores.

Por parte japonesa está el ōatakebune. Recuerda mucho a una torre flotante: sólido, rectangular, alto, con varios pisos con troneras, está pensado para favorecer a los arcabuceros. La importancia de éstos es fundamental en Japón. Por famosos que sean sus samuráis, lo cierto es que quienes han hecho posible la unificación del país han sido los masivos ejércitos de ashigaru (soldados-campesinos) armados con arcabuces. Hideyoshi es pragmático, y en su reinado ambos cuerpos coexisten y se complementan. Eso se ve muy bien en el ōatakebune, cuya táctica consiste en acercarse al enemigo, barrer sus cubiertas a tiros y dar paso al abordaje de samuráis, maestros en el combate cuerpo a cuerpo.

Lucha entre barcos tipo ōatakebune y sekibune, más pequeños. Fuente: TURNBULL, Stephen; REYNOLDS, Wayne, Fighting Ships of the Far East (2) - Japan and Korea AD 612-1639. Oxford, Osprey Publishing, 2003, p. 27.

Lucha entre barcos tipo ōatakebune y sekibune, más pequeños. Fuente: TURNBULL, Stephen; REYNOLDS, Wayne, Fighting Ships of the Far East (2) – Japan and Korea AD 612-1639. Oxford, Osprey Publishing, 2003, p. 27.

El ōatakebune ha sido diseñado atendiendo exclusivamente a esa táctica, por lo que adolece de importantes defectos: resulta poco marinero, pues como se dice en Técnicas bélicas de la guerra naval, está pensado para operar en los tranquilos mares interiores de Japón, y no en mar abierto; apenas tiene cañones, menos valorados y conocidos en las islas que los mosquetes; depende del corto alcance efectivo de éstos; y, sobre todo, resulta endeble frente a la artillería.

Frente a él, se encuentra el p’anoksŏn coreano. También es un barco rectangular, de bordas altas y armado con artillería, dominado por una torre de observación central, con tamaños que oscilan entre los 15 y los 35 metros de eslora, según el modelo, y unos 125 hombres como tripulación. Se trata de naves pesadas ideadas para hacer frente a los piratas wakō japoneses y a sus tácticas de abordaje.

Un p'anoksŏn en combate. Fuente: TURNBULL, Stephen; REYNOLDS, Wayne, Fighting Ships of the Far East (2) - Japan and Korea AD 612-1639. Oxford, Osprey Publishing, 2003, p. 30.

Un p’anoksŏn en combate. Fuente: TURNBULL, Stephen; REYNOLDS, Wayne, Fighting Ships of the Far East (2) – Japan and Korea AD 612-1639. Oxford, Osprey Publishing, 2003, p. 30.

Aquí se puede apreciar la diferencia entre dos modelos: los japoneses confían más en el combate de cercanía y en el abordaje, mientras que la táctica coreana es mantenerse alejados de sus enemigos y acribillarles con su superior artillería. En este sentido, todas las fuentes coinciden en culpar a los incompetentes almirantes coreanos del desastre que sufrirán sus flotas frente a unos enemigos que son claramente inferiores en el mar.

Pudiera parecer pues que la situación de Yi Sun-sin no es tan desesperada, pero la realidad es que las citadas derrotas le han dejado con sólo una pequeña parte de la flota coreana para hacer frente a cientos de barcos nipones. No es de extrañar que muestre tanto empeño en la construcción de una nueva clase de embarcación que permita volver las tornas.

La utilización del barco tortuga

El kŏbuksŏn está diseñado para anular todas las ventajas de los japoneses y explotar sus puntos débiles. Con su coraza se protege del fuego de los arcabuceros, a la par que entre ella y los pinchos hacen casi imposibles los abordajes; a la vez, está generosamente dotado de artillería y cuenta con un espolón para hundir cualquier nave nipona que se le ponga por delante. Todo ello mientras que logra mantener, pese a su pesadez, una aceptable velocidad y maniobrabilidad.

Su uso es sencillo. Yi suele colocarlos a la vanguardia de su flota, para que embistan a la nipona, rompiendo su formación y colocándose en su retaguardia o en su mismo centro, donde pueden sembrar el caos atacando a un enemigo que a la vez tiene que estar lidiando con el resto de la armada coreana. También puede mantenerlos en reserva para, una vez iniciado el combate, lanzarlos contra los puntos críticos de los japoneses y darles el golpe de gracia. En ese aspecto, los barcos tortuga no son muy distintos de las galeazas que Europa utiliza en esos mismos años, algo muy llamativo teniendo en cuenta que en esta época ambos mundos apenas tienen contacto entre sí.

El barco tortuga en batalla

En el verano de 1592, mientras los japoneses se preparan para zarpar hacia China, Yi inicia su ataque. En el espacio de un mes su reducida escuadra recorre el sur de Corea, derrotando uno a uno a los segmentos de la dividida flota japonesa. En algunos de estos combates intervienen los prototipos de los barcos tortuga. El éxito de Yi es rotundo y le permite ir incrementando sus fuerzas. Entre los japoneses cunde la alarma: el punto débil de su invasión es la dependencia de suministros desde sus islas. Si Yi logra dominar el mar, el ejército nipón caerá en el desabastecimiento. Hideyoshi lo sabe, y ordena movilizar sus reservas navales y aplastar a los coreanos mediante la superioridad numérica.

 

Un barco tortuga embiste el Nihon Maru, buque insignia japonés, durante la Batalla de Angolp’o (1592). Fuente: TURNBULL, Stephen; REYNOLDS, Wayne, Fighting Ships of the Far East (2) - Japan and Korea AD 612-1639. Oxford, Osprey Publishing, 2003, pp. 28-29.

Un barco tortuga embiste el Nihon Maru, buque insignia japonés, durante la Batalla de Angolp’o (1592). Fuente: TURNBULL, Stephen; REYNOLDS, Wayne, Fighting Ships of the Far East (2) – Japan and Korea AD 612-1639. Oxford, Osprey Publishing, 2003, pp. 28-29.

La arrogancia japonesa se manifiesta en el momento más inoportuno, cuando el almirante Wakizaka Yasuharu, despreciando a su enemigo, zapa con 73 barcos sin esperar refuerzos. En la Batalla de Hansando se enfrenta a un número similar de barcos coreanos, entre ellos al menos dos barcos tortuga. Yi dispone su vanguardia en forma de media luna y lanza un supuesto ataque que acaba en una retirada fingida. Los japoneses muerden el anzuelo y persiguen a las naves en retirada, metiéndose en el centro de la media luna, donde son acribillados por los coreanos, que además van cerrando su formación, rodeándolos. Los barcos tortuga intervienen entonces, embistiendo los barcos nipones más importantes y dejando a su flota sumida en el caos. La derrota nipona es total.

Sólo una semana después, Yi ya ha conseguido paralizar la invasión. Los japoneses, humillados, regresan a su isla, pero no suspenden las hostilidades. En los cinco años siguientes amasan una nueva fuerza. Mientras, en Corea, los mandamases recién restaurados sienten celos de la popularidad de Yi, por lo que conspiran hasta lograr que sea apartado de su cargo, encarcelado y torturado, acusado, ni más ni menos, que de trabajar para Japón.

Los coreanos, eso sí, siguen trabajando para ampliar y mejorar su flota, y se dotan de una cierta cantidad de barcos tortuga. Pero se los confían a los mismos almirantes que tan bochornoso papel hicieron contra los japoneses. Cuando éstos vuelvan a la carga, en 1597, les bastará una sola batalla para acabar con prácticamente toda la armada coreana, incluyendo los barcos tortuga. El monarca Joseon, presa del pánico, tendrá que poner de nuevo a Yi al frente de lo que queda de la armada del país: 13 barcos del tipo p’anoksŏn. En la Batalla de Myeongnyang, Yi se enfrentará con esa escuadra a 133 barcos japoneses… obteniendo una victoria épica que pasará a la historia como “el milagro de Myeongnyang”.

Tras ello, Yi supervisa la reconstrucción de la marina coreana y la producción de nuevos barcos tortuga. Sus victorias, unidas a la creciente resistencia en tierra y a la intervención del ejército chino en favor de los Joseon, dan al traste con las ambiciones japonesas. Curiosamente, a Yi le tocará morir en la última batalla de la guerra, la de Noryang (1598). Agonizante por un balazo, pedirá a sus fieles que oculten su muerte para no desmoralizar a sus hombres. La batalla termina con una aplastante victoria que obliga a Japón a pedir la paz, mientras que los coreanos lloran a su salvador.

Bibliografía

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