El sifonóforo (1): el fuego griego, o cómo incendiar el mar

En el año 674 d.C., Europa parecía estar perdida: las hordas del Califato islámico, tras conquistar todo Oriente, irrumpían en Occidente. Todo lo que se interponía entre ellos y un continente carente de organización o fuerza para defenderse eran los agotados restos del Imperio Romano Oriental. Cuatro años más tarde, los musulmanes huían de regreso a Oriente, tras la primera y más importante de sus grandes derrotas. Europa quedaba a salvo gracias a la nueva arma secreta de los romanos, el fuego griego, y a los barcos nacidos para usarlo, los sifonóforos.

Un sifonóforo arrojando fuego griego sobre una nave enemiga. Fuente: Anfrix – El arma más misteriosa y enigmática de la historia.

Un sifonóforo arrojando fuego griego sobre una nave enemiga. Fuente: Anfrix – El arma más misteriosa y enigmática de la historia.

La Roma oriental y sus problemas.

Surgido de la descomposición del Imperio Romano, el Imperio Romano de Oriente o Bizantino, con capital en Constantinopla, se mantendrá estable, rico y fuerte. Tras la caída del oeste romano ante los bárbaros, incluso llega a reconquistar Italia, África y parte de España. Su principal problema es su ubicación geográfica, entre Occidente y Oriente, lo cual significa luchar siempre en dos frentes: el europeo y el asiático; y en este último siempre tiene instalado a algún imperio de fuerza similar a la suya e invariablemente hostil; en esta época el Imperio Persa Sasánida. Ello explica su tardanza en volver a Europa y sus dificultades para mantenerse en ella, al tener que destinar el grueso de sus fuerzas a contener a los persas.

El Imperio Romano de Oriente en 600 d.C., poco antes de la guerra total con Persia, que aparece en verde, al Este. Fuente: Medieval UFF - MAPAS - SÉCULOS VI ~ X.

El Imperio Romano de Oriente en 600 d.C., poco antes de la guerra total con Persia, que aparece en verde, al Este. Fuente: Medieval UFF – MAPAS – SÉCULOS VI ~ X.

Sin embargo, durante un tiempo reinará la esperanza de haber acabado con esta amenaza. A principios del siglo VI d.C. ambos países acaban por enfrentarse en una guerra total que va a durar casi tres décadas y que es uno de los mayores conflictos de la Antigüedad. Y termina con la victoria de una Roma que, pese a no ser capaz de destruir Persia, sí la coloca en una situación de debilidad y a la defensiva. Pese a que Oriente Próximo ha quedado destruido, al caos, al hambre y al descontento contra ambos imperios, los bizantinos tienen ahora la oportunidad de reconstruir la región, de asentar su hegemonía y, tras ello, de volver con fuerza a Occidente, creando una nueva e inmortal Roma. Al fin y al cabo, sus conquistas en Occidente ya han demostrado que los pueblos bárbaros nada pueden contra ellos, y acaban de postrar a sus enemigos orientales. ¿Quién podría ahora oponérseles?

El Califato.

Precisamente durante esa guerra, Mahoma ha iniciado la predicación de su nueva religión: el islam. Bajo su bandera, une a los pueblos de Arabia, una península desierta y remota, a la que los Estados “civilizados” siempre han considerado tierra de bandidos y de odios tribales, que en nada les interesaba salvo para el comercio. Mahoma revela su potencial oculto, convirtiendo a los árabes en una disciplinada, motivada y efectiva maquinaria militar, ávida de nuevas tierras. Tras su muerte, sus sucesores, los califas, inician las conquistas: entre 634 y 674 d.C., los árabes se apoderan de todo el Imperio Persa, además de arrebatar a los romanos Siria, Palestina, Egipto, Libia, África y la zona oriental de Asia Menor.

Una vez más, los romanos ven cómo se forma al Este un gran imperio, pero éste es el mayor y más ambicioso que han conocido. Fracasan en todos sus intentos para contenerlo, así como en evitar que los árabes se echen al mar, lo que les permite amenazarles por todos los flancos a la vez e interrumpir el vital comercio mediterráneo. El fundador de la dinastía califal Omeya, Muawiyya, decide en el 674 acabar con Bizancio con la toma de su núcleo: las tierras del Egeo y Constantinopla, contra las que moviliza a un gigantesco ejército y a una inmensa flota.

Mapa que ilustra las pérdidas y la desesperada situación del Imperio durante la época de los Omeyas (661-750 d.C.). Fuente: Encyclopédie Larousse en ligne - Omeyyades ou Umayyades.

Mapa que ilustra las pérdidas y la desesperada situación del Imperio durante la época de los Omeyas (661-750 d.C.). Fuente: Encyclopédie Larousse en ligne – Omeyyades ou Umayyades.

El fuego griego.

Es en este momento cuando aparece Calínico en la historia. A día de hoy se sigue sin saber nada sobre él, e incluso algunos lo consideran una mera invención. Lo poco que ha trascendido es que fue un alquimista y químico originario probablemente de Siria y que se habría convertido en refugiado ante la invasión islámica. En algún momento, ya en Constantinopla, inventará el fuego griego.

El fuego griego, también llamado fuego marino, líquido, artificial o bizantino, es un compuesto químico, un fluido inflamable que, al parecer, arde al entrar en contacto con el agua, es capaz de seguir ardiendo en ella y cuya llama el agua no sólo no extingue, sino que la aviva. Para el Imperio Romano, cuya supervivencia depende de seguir controlando el mar, la creación de esta especie de napalm medieval, tan efectivo para quemar barcos enemigos, supone un verdadero milagro, que permitirá su supervivencia.

Los romanos orientales son perfectamente conscientes de ello, por lo que el fuego griego será considerado secreto de Estado. Su elaboración correrá a cargo de un reducido grupo de alquimistas, todos ellos residentes en Constantinopla, aislados del mundo y siempre acompañados por una escolta militar; escolta que tiene una doble misión: garantizar su reclusión del mundo y ejecutarles si la ciudad cayera ante un enemigo. Pase lo que pase, los rivales del Imperio no deben conocer su secreto. Y vaya si será así. Si tenemos en cuenta lo rápido que se divulgan los descubrimientos y los secretos militares, desde la fórmula de la pólvora hasta la de la bomba atómica, resulta sorprendente el éxito bizantino. Durante los mil años que durará su era mantienen a salvo la fórmula, la cual desaparece junto a ellos en 1453, al ser tomada Constantinopla por los turcos. Medio milenio después, seguimos sin conocer la composición exacta de la que merece llamarse el arma más misteriosa de la historia.

Eso no significa que no podamos acercarnos bastante a ella, aunque nunca podremos saber si alguna de las muchas teorías ha dado con la fórmula exacta. En el Blog Cátedra de Historia Naval se citan sus posibles componentes:

  • Cal, también conocida como óxido de calcio (polvo blanco, cáustica, hinchada).
  • Salitre, también conocido como nitrato de sodio, es un tipo de sal que se ha utilizado durante mucho tiempo como un ingrediente en explosivos.
  • Betunes, asfaltos o alquitrán. Debe recordarse que la ciudad de Cartago fue fácilmente incendiada debido a la amplia utilización de betún en su construcción.
  • Aumenta con la temperatura, debido a la formación de cadenas de polímeros. Por su carácter inflamable, el azufre también tiene aplicación en la fabricación de la pólvora y de fuegos artificiales.
  • Resina, es un líquido viscoso producido por la mayoría de las plantas. Algunas contienen heptano, que es muy inflamable.
  • Una sustancia pegajosa y oscura, obtenida a partir del residuo de la destilación de alquitrán de hulla, alquitrán de madera o derivados del petróleo, y que también se utiliza para la impermeabilización.

En SINC, en el artículo La química del fuego griego, el secreto militar mejor guardado de la historia, Sergio Ferrer habla de su funcionamiento, con ayuda del investigador José Soto: los elementos cruciales serían la cal viva, la nafta, el azufre y el nitrato sódico:

  • La cal viva sería el detonante: esta sustancia se calienta hasta los 150º al entrar en contacto con el agua, con lo que iniciaría la combustión de la mezcla.
  • La nafta y el azufre, muy inflamables, entrarían en combustión por la temperatura de la cal viva.
  • El nitrato sódico, que desprende oxígeno al arder, avivaría las llamas y les aportaría oxígeno incluso en el agua.
  • Intentar sofocar este fuego con agua sólo lo avivaría, al activar la cal viva que hasta entonces no se hubiera humedecido.

Además de su obvia peligrosidad como arma convencional, el fuego griego también infunde terror psicológico. En una época en que los barcos están hechos de madera, tela y cuerda, enfrentarse a los sifonóforos bizantinos, que disparan chorros de llamas líquidas, es sencillamente aterrador. Y más si recordamos que la mayoría de las personas de la época no saben nadar, así que si sus barcos se incendian sólo pueden elegir entre morir abrasados o ahogados. Y aún más si tenemos en cuenta que saber nadar no tiene por qué ser una salvación: el agua puede estar también ardiendo, y si alguien ha sido alcanzado por estas llamas, lanzarse al mar no le va a salvar.

En tierra, donde se usa menos, el fuego griego también permite abrasar a grupos enteros de soldados y causa verdadero pánico, especialmente a quienes se encuentran por primera vez con él.

Como explica Justo Giner, doctor en Química, en La química del fuego griego, el secreto militar mejor guardado de la historia, al terror psicológico ayudan los efectos colaterales del arma: extraños truenos y humaredas que acompañan a su uso y que se deben a la expansión de los abundantes gases generados por la reacción química. Para rematar la jugada, los gases son venenosos.

Con todo, el fuego griego no es inextinguible. En La química del fuego griego, el secreto militar mejor guardado de la historia se da una verdadera guía para su apagado, lo que se puede lograr:

  • Mediante asfixia, utilizando esteras de esparto o arena para negarle el oxígeno que necesita para arder.
  • Mediante orina, que contiene gran cantidad de sales inorgánicas y urea, con lo que podría actuar como inhibidor de algún componente necesario para la combustión.
  • Mediante vinagre, que evita que la cal viva alcance la temperatura necesaria para inflamarse al contactar con el agua.

Ni que decir tiene que manejar el fuego griego es algo arriesgadísimo, y que los bizantinos emplean todas las precauciones y sólo permiten su uso a químicos y soldados excepcionalmente bien entrenados y protegidos.

Queda por explicar de qué manera se emplea el fuego griego, pero de eso hablaremos en la siguiente entrada.

Bibliografía

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